jueves, 3 de septiembre de 2009

El poema de los guardianes (estrategias para el control demográfico).

Por la tarde vienen los enterradores
y se llevan los cuerpos, a veces no sin antes vencer
la resistencia de los buitres
que se afanan en su tarea. Por suerte nadie
tratará de identificarlos.

No nos está permitido comunicarnos con ellos,
las normas son estrictas al respecto:
si un guardián se dirige, sea de la manera
que sea, a un enterrador;
éste está obligado, so pena capital,
a matar al guardián
y sustituirlo en su tarea.

Durante el día el trabajo es sencillo:
basta con instalarse en el centro
del pedazo de desierto que me ha sido asignado
y esperar a que algún incauto
emerja de la arena.

No son muchos los que lo intentan
en horario diurno, el sol les asusta,
llevan demasiado tiempo enterrados;
pero de vez en cuando aparece un temerario
que acaba de excavar su túnel mientras el sol
aún luce en lo alto,
ofreciendo sin saberlo su cuello
para calmar la sed de mi cuchillo.

Cosas que quisiera haber escrito yo.

Cuando escribo lo único que sigue teniendo sentido es el tabaco...
(es angustiante y muy preocupante porque llega a alcanzar la lectura, toda vez que la escritura es quimera y absurdo y yo soy un titán que se caga de miedo)
(así, broto de la nada a la nada y te digo hola y te mando un abrazo pensando qué bueno sería verte por aquí. El universo se hace más y más complejo y no tengo a nadie a quien contarle acerca de Próxima centauri, que a lo mejor está desapareciendo en este mismo instante, para terror de poetas de estrellas vecinas que no alcanzarán a saber que su mañana acontece en el pasado aunque el del pantalón cagado lo vislumbre desde un vago presente)
Y así podría seguir y seguir hasta acabar escribiendo sólo vocales o juntando puñados de tierra y arroz en rima consonante.
Aleksandros Somier Castelho.

viernes, 31 de julio de 2009

Breve ensayo sobre la quinesiofotichepidad.

Quinesiofotichepidad: dícese de la extraña tendencia que presentan ciertos mecheros a viajar espontáneamente de bolsillo en bolsillo. La palabra viene del griego; quinesio: movimiento; fotia: fuego; chepi: bolsillo.

En realidad “fotia” es la forma de pedir fuego que se usa en el griego moderno y coloquial; un recurso etimológico de poco prestigio, por lo que también se ha documentado una variante culta formada a partir del clásico “pyros”, presente en palabras como pirómano o piroclasto, esa variante es, claro, la quinesiopirochepidad.

Tanto en su variante culta como en la popular, el neologismo en cuestión designa una propiedad que, como la fuerza electromagnética, presenta una estructura bipolar cuyos dos extremos son el polo aspersor y el polo sumidero.

Cuando una persona se encuentra en la fase sumidero, haga lo que haga, todos los mecheros cercanos tienden a acabar en sus bolsillos; la fase aspersor se caracteriza, claro, por la tendencia que presentan los mecheros de uno a refugiarse en bolsillo ajeno; no importa con cuantos encendedores salgas de casa, indefectiblemente, volverás sin ninguno.

La quinesiofotichepidad se podría definir, también, como la forma que han desarrollado los mecheros para rebelarse contra la propiedad privada; una forma de reivindicar la libertad de los objetos y de garantizar, así, que el flujo mundial de mecheros sea una corriente dinámica y, por tanto, viva; un macroorganismo que, sin cerebro ni aparato locomotor alguno, ha conseguido colonizar gran parte de nuestro planeta.

Se puede establecer una clasificación de las personas en base a cómo gestionan la quinesiofotichepidad de sus mecheros. Así, se pueden describir tres clases de individuos: bipolares, polarizados y castradores.

Los bipolares son la inmensa mayoría. Personas de naturaleza pendular que oscilan entre los dos polos quinesiofotichépidos, contribuyendo así de forma involuntaria pero decisiva al saludable dinamismo del flujo.

Los castradores son esos extraños individuos que, ajenos al devenir natural de los objetos que conforman el mundo, se empeñan en someter a los objetos que les rodean bajo el yugo de la posesión, ejerciendo un férreo control sobre todo aquello que consideran que les pertenece, incluyendo los mecheros; impidiendo así el libre discurrir de los acontecimientos objetuales y reprimiendo, con su enfermizo comportamiento, la natural expresión de la quinesiofotichepidad de los mecheros. Son individuos peligrosos de los que conviene mantenerse alejado.

Los polarizados, como su propio nombre indica, son aquellos individuos que dejan transcurrir su existencia instalados en uno de los dos polos, ya sea aspersor o sumidero. Sin llegar a ser una patología en sí misma, estos individuos pueden llegar a desarrollar afecciones psiquiátricas en ocasiones graves, sobre todo si no aceptan su propia naturaleza e intentan ir contra ella.

Se conocen casos de individuos sumidero que, agobiados por la mala conciencia, han intentado, noche tras noche, desprenderse en vano de todos sus mecheros; pero es inútil, al llegar a casa siempre acaban descubriendo, con consternación, que llevan alguno encima, llegando en esporádicas ocasiones al intento de suicidio por parte del individuo en cuestión.

También, en el polo opuesto, se ha documentado algún caso de individuo aspersor que, harto de la continua sangría moral y económica provocada por su anomalía quinesiofotichépida, han llegado a cometer la herejía de dejar de fumar.

En cualquier caso, vale la pena tener identificadas a las personas polarizadas, ya sea en uno u otro sentido. Los aspersores por razones evidentes: si estás cerca de alguien que se desprende siempre de sus mecheros, aumentan espectacularmente las posibilidades de pillar alguno. Los sumideros porque, si estás cerca de uno de ellos, siempre tendrás a alguien a quien pedirle fuego. Ya lo dice el refrán: quien a buen sumidero se arrima, buena llama le cobija.

miércoles, 22 de julio de 2009

Breves consideraciones literarias.

La literatura como arma para derrotar a la vida. Estúpida presunción. La literatura es el escenario de la lucha, no la espada. El enemigo no es la vida, la vida queda fuera de sus márgenes, no ha sido invitada a esta fiesta.

La vida no existe más allá de las palabras con las que intentamos apresarla. La mímesis es una entelequia, un espejo que en sí mismo se refleja, una ingenua y redundante tautología.

La literatura es un refugio para gladiadores incapaces de abandonar la batalla a pesar de haber comprendido desde el principio que no hay posibilidad de victoria, que la derrota es la única verdad incuestionable.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Maravillas de la condición humana (ficción revolucionaria)


A finales de febrero de dos mil nueve, ante el evidente fracaso de las protestas estudiantiles contra la implantación del plan Bolonia, con la también evidente degradación de la ya de por sí degradada enseñanza superior pública que dicha implantación supone, un alumno de informática de la universidad autónoma de Barcelona, decide, con el apoyo de sus compañeros de sindicato, dar un paso más allá en la escalada de protestas y declararse en huelga de hambre indefinida.

El ser humano dispone de dos operaciones fisiológicas sin las cuales el cuerpo no puede mantenerse con vida, dos condiciones sine qua non para la existencia: la nutrición y la respiración. Si un cuerpo humano deja de nutrirse, muere; si un cuerpo humano deja de respirar, muere. La única diferencia es de tiempo. Quizá sea esa condición de suicidio ralentizado, de lenta procesión hacia la muerte, la que dota a una huelga de hambre del halo cuasi místico que la rodea, de la fascinación que despierta.

Desde el principio, la radical protesta de Tomás despertó sentimientos encontrados entre los miembros de la asamblea de letras, que había sido algo así como el buque insignia de las fracasadas protestas del semestre anterior y exhibía orgullosa en su hoja de servicios la hazaña de haber ocupado durante un mes el edificio de la facultad y haber conseguido suspender, mientras duró la ocupación, toda actividad académica en sus aulas. La figura de Tomás, decía, despertó desde el principio sentimientos encontrados entre aquellos que se sentían a sí mismos como la vanguardia revolucionaria de la población estudiantil.

Por un lado, y en primer lugar, la ya citada fascinación ante el heroico acto de su compañero de lucha y su sacrificio en pos de la universidad pública. Fascinación que se tradujo en la inmediata convocatoria de manifestaciones y días de huelga como muestra de apoyo a la protesta; la distribución desinteresada de camisetas, chapitas y pegatinas con la efigie del ilustre mártir de la causa; la realización de pintadas laudatorias a lo largo y ancho del campus e, incluso, algún que otro corte de la autopista AP-7 a su paso junto a la universidad con el innegable riesgo para sus vidas que de esta acción se desprende.

Por otro lado, y de modo mucho más soterrado, corría entre los miembros más destacados de la asamblea de letras, grandes artífices de la épica ocupación del semestre anterior, una cierta sensación de envidia, como si todo aquello no fuese más que el producto de una confusión, una usurpación ilegítima; la certeza de que hubiese tenido que ser uno de ellos –y no un tal Tomás, de informática- quien diese aquel paso trascendental para la historia de las revueltas estudiantiles.

Una sensación que se fue acrecentando a medida que Tomás persistía en su mesiánica protesta y que llegó a su punto culminante el fin de semana que un destacado miembro de la asamblea de letras encontró, en una de esas paradetas que se montan en ciertos conciertos, junto a la clásica camiseta con el rostro del Che, una camiseta con el rostro de Tomás. En aquel momento sufrió una revelación instantánea que le hizo ver claramente cuál era la senda a seguir, por dónde discurría su camino.

Al llegar a su casa, todavía bajo el hechizo de su reciente epifanía, se sentó frente al ordenador y colgó un post en el blog de la asamblea de letras en el que se declaraba, dando una nueva vuelta de tuerca a la radicalización de las protestas que había supuesto la actitud de Tomás, en huelga de aire indefinida. Su madre lo encontró a la mañana siguiente tirado en el suelo junto a su escritorio, con los labios morados y un rictus como de victoriosa satisfacción en la cara.

Pudiera parecer un gesto absurdo y desmesurado, un sacrificio estéril y hasta cierto punto exhibicionista, pero lo cierto es que su drástica autoinmolación caló hondo entre la masa estudiantil y, la huelga de aire indefinida como si de un virus se tratase, empezó a expandirse entre el alumnado consiguiendo, en un plazo de dos años, paralizar la aplicación de Bolonia por falta de alumnos y eclipsar, así, la gesta de Tomás que, para entonces, llevaba más de setecientos días sin probar bocado.

martes, 9 de diciembre de 2008

La memoria de los arcenes.

Entonces, mientras conducía de vuelta a Barcelona, no sé por qué, me acordé de Vincent. Vincent era autista y viejo, estaba ingresado en el primer manicomio al que yo entré a trabajar como celador. Llevaba ya bastantes años allí y antes había estado en el de Cádiz, supongo que aquel pobre desgraciado se había pasado toda la vida entre las cuatro paredes de un loquero. No era un tipo problemático para ser autista, nunca se violentaba, tampoco recibía visitas, ni siquiera se llamaba Vincent o Vicente. Ya no recuerdo su nombre verdadero pero sé que era uno que no se parecía en nada al nombre por el que le conocíamos, me imagino que el apelativo debió ponérselo algún enfermero guasón y más o menos culto allá por el sur y, mira, la cosa tuvo éxito y se le quedó lo de Vincent ya para toda la vida e incluso para después de ésta.

Y digo lo de que el enfermero era relativamente culto porque el nombre es una alusión a Van Gogh, el tipo éste que pintaba girasoles y se cortó la oreja con una navaja de afeitar. Y no porque a nuestro Vincent, en un arrebato de ira, le hubiera dado por cortarse él también el apéndice auditivo, qué va, lo suyo tenía más mérito, había sido una labor más de erosión que de impulso, un trabajo lento y constante a lo largo de los años como el del viento o el del agua, un desgaste contínuo e incruento..

El viejo presentaba un comportamiento maniático que por lo demás no causaba a nadie -más allá de alguna señora de la limpieza un poco quisquillosa- la más mínima molestia. A saber: el tipo se pasaba todo el día recorriendo el perímetro de la habitación en la que se encontrase con la oreja bien pegada a la pared, ya fuese ésta la superficie enyesada de las de su habitación, el hormigón de los muros del patio o las frías baldosas del lavabo. Como si buscase algo. Algo en concreto. Y debía llevar muchos años haciéndolo porque lo cierto es que la fricción permanente de su perfil contra la piedra había acabado por jibarizar su oreja derecha hasta convertirla en un pedacito de carne endurecida al borde del oído; también había perdido el pelo y toda la piel que entraba en contacto con los muros se había convertido en una especie de cobertura callosa, la cicatriz de una cicatriz que cicatriza en la cicatriz.

Era evidente que algo andaba buscando al otro lado de las paredes. Un día le pregunté, ¿Qué buscas, Vincent?. Macandé, me contestó. ¿Macandé?, repetí yo, que no había oído aquella palabra en mi vida. Macandé, repitió en el mismo tono de voz, y después siguió avanzando sin separar la cara del tabique del pasillo, dejando un mínimo e irregular rastro de saliva que nos venía la mar de bien para encontrarlo cuando llegaba la hora de comer o la de irse a las habitaciones a echar la siesta.

Al principio no le di mayor importancia a su respuesta pero a la larga me fue picando la curiosidad. ¿Qué buscaba Vincent al otro lado de las paredes? ¿Qué significaba macandé? Así que una tarde entré en una biblioteca y cogí el diccionario más gordo que encontré. Macandé: adj., masc., sing. Loco, sobre todo entre los gitanos extremeños, decía. Y yo pensé que no dejaba de tener su gracia la figura de un loco que había consumido su vida y parte de su cuerpo en buscar a la locura en el interior de las paredes.

Mientras conducía por la autopista sin ganas de llegar a casa, me dejé llevar por la nostalgia. Recordé el permanente mosqueo de las señoras de la limpieza por la huella que Vincent dejaba en las paredes, a la joven esquelética que, con los antebrazos todavía envueltos en vendas y gasas, le llamaba “babosa” con un gesto de profundo desprecio en los huesos de la cara; el rastro de saliva que recorría el muro del patio justo hasta la mitad, como si hubiera pretendido realizar su gesta por la ruta más visible para que todos pudieran disfrutar de su proeza el día en que Vincent se escapó.

Lo cierto es que nadie lo vio, que era imposible que un hombre escalase por la superficie de aquel muro desnudo, que ni siquiera había huellas de arañazos en el hormigón que delatasen dónde habían hecho presa las manos, que el viejo tenía más de setenta años que, que, que... Una cosa era incuestionable: allí estaba el rastro de saliva que, justo al llegar a la mitad del muro, daba un giro de noventa grados adquiriendo una verticalidad inusitada y recorría en perfecta línea recta los tres metros que le separaban del cielo, atestiguando de forma irrefutable el vuelo del hombre sin oreja que nadie tuvo la suerte de contemplar.

Los periódicos decían que el cuerpo de Vincent fue encontrado sin vida al otro lado del muro del manicomio. La verdad es que yo no fui a mirar, siempre he preferido creer que el viejo encontró al fin lo que andaba buscando, fuese lo que fuese, y que emprendió. Porque, de no ser así, de no haber encontrado lo que andaba buscando, ¿qué carajo podía haber ocurrido para que un hombre que llevaba cuarenta o cincuenta años pegado a una pared de repente una mañana echase a volar?

Años después me aficioné al flamenco y descubrí que Macandé, Gabriel Macandé, había sido un cantaor gitano nacido en Cádiz a finales del siglo diecinueve, en mil ochocientos noventa y siete, y muerto en la misma ciudad cincuenta años después, ya casi mediado el siglo veinte. En realidad, del mismo modo que Vincent no se llamaba Vincent, tampoco él se llamaba Macandé. Macandé, como indicaba el diccionario, es la palabra que usan los gitanos para designar a un loco, y así empezaron a llamar al cantaor a raíz de sus rarezas.

Cuentan que tenía una voz preciosa y una forma personal de interpretar los fandangos de una belleza estremecedora, que se ganaba la vida vendiendo caramelos, que para venderlos cantaba un pregón que traía loco a medio Cádiz, que siempre arrastraba un séquito de treinta o cuarenta personas que no le seguían más que para escucharle cantar, que nunca quiso cobrar un duro por sus cantes.

Por lo visto se enamoró de una sordomuda -trágico destino para un cantante-, y engendraron tres hijos, todos los cuales heredaron la sordera materna, haciendo enloquecer por completo a Macandé que –y aquí viene lo más interesante- pasó los últimos doce años de su vida ingresado en el sanatorio de Cádiz, que supongo que debe ser el mismo en el que estuvo ingresado Vincent antes de que lo trasladaran al lugar donde yo le conocí, las fechas concuerdan.

También cuentan que Manolo Caracol, cuando estaba en la cumbre de su carrera, se pasaba tardes enteras sentado en un rincón del cuarto de Macandé, a la espera de que el gitano, ya totalmente desvalido y con la razón perdida, soltase un grito estremecedor por soleá o por siguiriya; y cuentan que, en ocasiones, cuando a Macandé le daba por gritar, Caracol rompía a llorar como un niño desconsolado y hasta las paredes se estremecían de miedo y asombro.

Yo tengo una teoría, quizá Caracol no fuese el único auditorio de aquellos jirones de cante, quizá en aquellas ocasiones, cuando a la voz de Macandé le daba por apropiarse del aire de su cuarto, al otro lado de las paredes que se estremecían, también se estremecía el joven Vincent, que por entonces aún debía conservar las dos orejas y al que por lo tanto nadie debía llamar así. Quizá Vincent, el hombre sin oreja, estuvo ingresado en la habitación contigua a la de Macandé y por eso se pasó la vida buscando su voz al otro lado de las paredes, dejándose parte de su físico en la empresa.

Claro, con mi teoría queda sin respuesta el motivo por el que Vincent emprendió el vuelo justo en el momento que lo hizo, eso nunca he alcanzado a entenderlo. Entré en Barcelona pensando en lo maravilloso que sería poder escuchar algún día la voz nunca registrada de Gabriel Macandé, la voz que nunca pudieron oír ni su mujer ni sus chiquillos, una voz tan hermosa que acabó haciendo enloquecer al hombre que la poseía.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Introducción a la etología.

Vinieron de los cuatro puntos cardinales para presenciar la ejecución; a pesar del bochorno, la plaza estaba atestada ya dos horas antes de la hora convenida. El verdugo, antes de ponerse la capucha, sale al balcón envuelto en una túnica para contemplar a su público. Lleva veinticinco años ejerciendo el oficio y en la intimidad no le queda más remedio que admitir que disfruta con su trabajo.

A la hora convenida y debidamente encapuchado, el verdugo sube al cadalso envuelto en el unánime silencio de la multitud. El reo no se hace esperar ni forma demasiado alboroto, se deja conducir sin oponer resistencia y apoya la cabeza con serenidad, ofreciendo impasible su límpido cuello a la voracidad desmedida del hacha del verdugo.

En el conocido instante de descargar el golpe seco que separa la cabeza del cuerpo del condenado, el verdugo, más allá de la satisfacción del trabajo bien hecho, siente por primera vez en su vida, una punzadita de algo parecido al remordimiento.