sábado 9 de julio de 2011

El infinito y las cebollas (la acrimonia del transexual)


Hay personas cuyos ojos han perdido o no han tenido nunca la capacidad de producir lágrimas. Acrimonia es el término médico para designar la incómoda patología que obliga a quien la padece a andar siempre cargado con ristras de lágrimas artificiales para garantizar a sus ojos le humedad necesaria para su correcto funcionamiento.

Sin embargo su acrimonia no es de origen orgánico. Tiene más que ver con mecanismos de represión interiorizados en la infancia a imagen y semejanza del falso patrón de la masculinidad en el que se educó y del que, en ciertos aspectos, nunca ha logrado desprenderse.

Así que, en cuanto se queda sola, baja a la verdulería de la esquina, compra dos kilos de cebollas y, con minuciosidad de copista medieval, los va picando, ya de vuelta en su cocina, en pedacitos cada vez más pequeños mientras piensa en los infinitesimales y deja que los mocos y las lágrimas corran por su rostro, al principio tímidamente, después del primer medio quilo con la violencia de un río que se desborda.

Cuando siente que ha llorado lo suficiente, deja el cuchillo, abandona la cocina sin recoger el montón de cebolla picada del mármol y se tumba en el sofá, abrumada por la idea e lo infinitamente pequeño, incapaz e comprender que algo pueda estar continuamente decreciendo sin llegar a ser nunca lo suficientemente pequeño como para no poder decrecer aún más.

viernes 8 de julio de 2011

Cuando sueño a gusto me sabe la boca a sangre


Vive solo, trabaja de reponedor en un supermercado y en su vida ha matado una mosca. Sin embargo por las noches, cuando se abren las puertas del sueño al otro lado de sus párpados, la cosa cambia.

En la adolescencia llevaba un registro exhaustivo de los asesinatos soñados: se despertaba por la mañana y, antes de levantarse de la cama, apuntaba en una libreta el sueño aún fresco, con una prosa rápida y abundante en detalles. Lo hizo con regularidad entre los catorce y los diecisiete años. Después dejó de hacerlo sin saber muy bien por qué.

Años después, releyendo las cuatro libretas en las que se encerraba el legado onírico de su adolescencia, llegó a la conclusión de que, si había dejado de consignar en sus libretas los asesinatos que cometía en sueños, había sido porque la rutina empezaba a invadir sus informes y, por lo tanto, sus sueños: ciertos detalles sin importancia se hacían cada vez más inusualmente frecuentes; su modus operandi se iba fosilizando y amenazaba con convertirse en una sucesión automatizada de movimientos aprendidos; incluso, en los últimos diez sueños recogidos en la última de las libretas, había matado a la misma persona. Y, de hecho, la había seguido matando casi todas las noches durante bastante tiempo después de haber suspendido las labores caligráficas.

Fue una mala época para él, atrapado en la repetición casi diaria de un sueño en todo idéntico a sí mismo. Por suerte encontró el camino: la imaginación de un hombre es limitada pero la imaginación del hombre, en tanto que especie, no conoce límites. Así, dedicó gran parte de su juventud a cultivar su, por así decirlo, imaginación criminal y acabó reuniendo un nada despreciable capital bibliográfico que, poco a poco, consiguió devolver la frescura y la espontaneidad al anquilosado mundo de sus sueños. Y así había llegado a la madurez, capaz de una sofisticación sibarita a la hora de soñar sus crímenes que hacía de la mayoría de sus noches la mejor parte de sus días.

Tampoco siempre era así, a veces tenía sueños en los que no mataba a nadie. Había uno que, con variaciones, se repetía con una cierta frecuencia. En él, se encuentra en un enorme supermercado con todas las estanterías, que también son inmensas, vacías. De vez en cuando se escucha un golpe sordo, como si se hubiesen dejado mal cerrado un grifo que, en lugar de gotas de agua, dejase caer sacos de arena. Camina por los interminables pasillos idénticos guiándose por el sonido de esos golpes. Cuando llega, se encuentra con un racimo de cadáveres amontonados que van cayendo de una cinta transportadora que desemboca ocho o nueve metros más arriba. A veces se despierta ahí, coincidiendo con la caída del primer cuerpo después de su llegada. Otras veces sólo es el comienzo. De repente comprende que su misión es colocar los muertos en las estanterías y, sin pensarlo dos veces, procede a cumplir con su obligación. A medida que el sueño avanza, los cadáveres caen más deprisa y son más pesados. Si se alarga lo suficiente, el reponedor ve con claridad que no podrá conseguirlo y comprende que, por más que luche, acabará ahogado por la montaña de cadáveres.

Hace unos días tuvo un sueño sorprendente. Abría en canal el tórax de una chica rubia con un cuchillo de obsidiana y, después de apartar sin esfuerzo el costillar, le arrancaba el corazón aún palpitante y, antes de que hubiera concluido el último grito de su víctima, masticaba su corazón caliente. Era la primera vez que se comía a alguien. Desde entonces, cada vez que se cruza con una rubia, se le llena la boca de saliva.

lunes 21 de marzo de 2011

Semiótica doméstica

La belleza de ciertas palabras no deja de sorprenderme: bucle autopoiético. Lo escuché nombrar tiempo atrás en el bar de la facultad en boca de unos estudiantes de psicología que estudiaban en la mesa colindante a la mía y la expresión se quedó grabada a fuego en mi memoria. En ocasiones las definiciones no están a la altura: el bucle autopoiético es el conjunto de relaciones y vínculos que se crean entre una madre y su hijo recién nacido. Ahora que mi eterno síndrome de peter pan me ha empujado de vuelta a casa de mi madre a los treinta y tantos, empiezan a revivir las aristas más sofisticadas de nuestro bucle particular.

Verse obligado a volver a casa por motivos económicos no es fácil, la autoestima se resiente. Mi madre, que lo sabe, se ha esforzado en allanarme el camino, pero tampoco para ella debe resultar sencillo aceptar, después de tantos años viviendo sola, la irrupción en su templo del orden y la limpieza de un organismo como el mío, tan proclive a catalizar la entropía provocando una aceleración en los flujos de desorden.

Yo, que soy consciente de lo maniática que es mi madre para estas cosas, volví plenamente concienciado y decidido a acatar las normas implícitas que rigen su dinámica doméstica. Eso incluía, sabedor de lo poco que le gusta a ella el olor del tabaco, la autoimposición de no fumar en la habitación.

Autoimposición que, al principio, respeté religiosamente. Hasta que una noche en la que no podía dormir, cuando ya el transcurso de las semanas había empezado a hacerme sentir en casa, me fumé un cigarro en el dormitorio, con la ventana abierta, eso sí, y medio cuerpo fuera para que no entrase ni una brizna de humo entre las cuatro paredes de la habitación. Visto desde la calle, debía parecer una gárgola o un suicida indeciso. Poco a poco, noche tras noche, mi cuerpo fue venciéndose hacia el interior y, en apenas diez días, ya había convertido en un ritual lo de fumarme el pitillo con los codos apoyados en el alféizar de la ventana.

Ante la ausencia de protestas por parte de mi madre me confié y di por hecho que igual el paso del tiempo había menguado la hipersensibilidad olfativa de la que siempre había hecho gala y que, por lo tanto, quizá ya no le molestase el olor a tabaco. Así que empecé a fumar tumbado en la cama e incluso, si hacía frío, me permitía a mí mismo hacerlo sin abrir la ventana.

Pero por lo visto mi deducción había sido precipitada: después de la segunda noche de frío, al regresar por la tarde a casa, me encontré en la mesita de noche con un flamante ambientador. He dejado de fumar en la habitación, claro, pero al parecer el tabaco no ha sido mi única falta. Hoy, cuando he entrado en la habitación, incapaz de interpretar el significado del cubo con la fregona apoyada en la puerta, me he encontrado con un enorme cuchillo encima del escritorio.

martes 30 de noviembre de 2010

Autorretrato de un hombre invisible



La luz del atardecer arremolinándose en torno a los charcos;

destello efímero que refleja

tu absoluta falta de importancia.


Te miras en el espejo

como el que mira el reloj sin ganas

y no es capaz de recordar la hora.


Tu propia mirada te traspasa

y a tu espalda puedes ver

las manchas en las baldosas.


Y sin embargo cuando te tocas

tu carne es consistente,

como si sólo estuvieses hecho

para vivir en el tacto.


Quizá si al menos gritaras

alguien podría escucharte.

Cronología aproximada de un desprendimiento

Debí haber llorado y no lloré.

Ahí empezó el proceso,

la sutil erosión de mis párpados.


El tejido destinado

a proteger mi mirada de la luz

fue adelgazando hasta quedar convertido

en algo translúcido como papel de fumar.


Un día, al parpadear,

cayeron a mis pies las pestañas.

Esa noche soñé

con el techo de mi dormitorio,

no he vuelto desde entonces

a soñar con otra cosa.


Nunca hubiera imaginado

que la oscuridad pudiera deslumbrarme.

Estrategias de mineralización



Mi sofá ha aprendido a hacerse porros.

Desde entonces no he conseguido

volver a moverme.


María Lionza, cuando se encarna

en una india desnuda

cabalgando un tapir,

petrifica a todo aquel

con quien fornica.


¿Estaré teniendo

un romance con el sofá?

¿Me habré convertido

ya en una piedra?

Gilipollas comiendo corazón



Al otro lado de las certidumbres se esconde la verdad.

¿Y si mañana se secasen todos los mares de la tierra?

¿Sabría qué hacer el viento con tantos granos de arena?


Mujeres desnudas piden la tanda sin saber que, tan cerca del abismo,

la carne que les den para comer pudiera ser la de sus propios hijos.


Un mundo desquiciado en el que la lluvia

en lugar de mojar deshidrata.


Corazones destrozados por el frío se preparan para convertirse

-previo paso por la sartén-

en trivial pasto para tenedores:

latidos metálicos camino del estómago

de cualquier gilipollas.