Vive solo, trabaja de reponedor en un supermercado y en su vida ha matado una mosca. Sin embargo por las noches, cuando se abren las puertas del sueño al otro lado de sus párpados, la cosa cambia.
En la adolescencia llevaba un registro exhaustivo de los asesinatos soñados: se despertaba por la mañana y, antes de levantarse de la cama, apuntaba en una libreta el sueño aún fresco, con una prosa rápida y abundante en detalles. Lo hizo con regularidad entre los catorce y los diecisiete años. Después dejó de hacerlo sin saber muy bien por qué.
Años después, releyendo las cuatro libretas en las que se encerraba el legado onírico de su adolescencia, llegó a la conclusión de que, si había dejado de consignar en sus libretas los asesinatos que cometía en sueños, había sido porque la rutina empezaba a invadir sus informes y, por lo tanto, sus sueños: ciertos detalles sin importancia se hacían cada vez más inusualmente frecuentes; su modus operandi se iba fosilizando y amenazaba con convertirse en una sucesión automatizada de movimientos aprendidos; incluso, en los últimos diez sueños recogidos en la última de las libretas, había matado a la misma persona. Y, de hecho, la había seguido matando casi todas las noches durante bastante tiempo después de haber suspendido las labores caligráficas.
Fue una mala época para él, atrapado en la repetición casi diaria de un sueño en todo idéntico a sí mismo. Por suerte encontró el camino: la imaginación de un hombre es limitada pero la imaginación del hombre, en tanto que especie, no conoce límites. Así, dedicó gran parte de su juventud a cultivar su, por así decirlo, imaginación criminal y acabó reuniendo un nada despreciable capital bibliográfico que, poco a poco, consiguió devolver la frescura y la espontaneidad al anquilosado mundo de sus sueños. Y así había llegado a la madurez, capaz de una sofisticación sibarita a la hora de soñar sus crímenes que hacía de la mayoría de sus noches la mejor parte de sus días.
Tampoco siempre era así, a veces tenía sueños en los que no mataba a nadie. Había uno que, con variaciones, se repetía con una cierta frecuencia. En él, se encuentra en un enorme supermercado con todas las estanterías, que también son inmensas, vacías. De vez en cuando se escucha un golpe sordo, como si se hubiesen dejado mal cerrado un grifo que, en lugar de gotas de agua, dejase caer sacos de arena. Camina por los interminables pasillos idénticos guiándose por el sonido de esos golpes. Cuando llega, se encuentra con un racimo de cadáveres amontonados que van cayendo de una cinta transportadora que desemboca ocho o nueve metros más arriba. A veces se despierta ahí, coincidiendo con la caída del primer cuerpo después de su llegada. Otras veces sólo es el comienzo. De repente comprende que su misión es colocar los muertos en las estanterías y, sin pensarlo dos veces, procede a cumplir con su obligación. A medida que el sueño avanza, los cadáveres caen más deprisa y son más pesados. Si se alarga lo suficiente, el reponedor ve con claridad que no podrá conseguirlo y comprende que, por más que luche, acabará ahogado por la montaña de cadáveres.
Hace unos días tuvo un sueño sorprendente. Abría en canal el tórax de una chica rubia con un cuchillo de obsidiana y, después de apartar sin esfuerzo el costillar, le arrancaba el corazón aún palpitante y, antes de que hubiera concluido el último grito de su víctima, masticaba su corazón caliente. Era la primera vez que se comía a alguien. Desde entonces, cada vez que se cruza con una rubia, se le llena la boca de saliva.